cocinado con Gabriel Salazar

¿Porqué se mueve el alma por pensamientos vanos, cuando son precisamente vanos? Bien, es movida por ellos. (¿Cómo puede mover el viento al árbol, cuando no es más que aire? Bien, lo mueve; no lo olvides). Luwding Wittgenstein.
Doctor -dijo Shenu imitando la voz del pato Donald-, he realizado dos importantes descubrimientos científicos ayer por la tarde. El primero, de orden sociológico, es la constatación de que el humor clásico sigue causando gracia a la población pese a todas esas patrañas postmodernistas, y el segundo, de carácter metafísico, es que he identificado la característica fundamental del espacio entre el sueño y la vigilia. Puedo adelantarle que no se trata de una pista de hielo como solía pensarse.
Todo ocurrió durante una interesante conferencia sobre el cultivo de repollos en zonas subpolares a la que asistí en representación de mi tío Asclepio, quien sufría desde hacía ya algunas jornadas uno de sus típicos ataques catalépticos. Recuerdo que estaba muy concentrado escuchando al orador disertar sobre algo referente a la malicia de los topos cuando, tras una pestañada que me pareció eterna, resbalé en una cáscara de plátano y caí de bruces mientras mis papeles volaban por los aires. El auditorio estalló en una carcajada general mientras yo, completamente avergonzado y colorado hasta las patillas, buscaba con la vista a la cómica cáscara sin encontrarla y pensaba en lo que dijo una vez Marguerite Duras cuando le preguntaron qué encontraba más irresistible para las carcajadas y la extraña escritora respondió sonriendo tras apurar su cigarrillo: “la piel de los plátanos. La gente se resbala y se rompe las narices. Soy muy clásica”.
Como no encontré la cáscara por ningún sitio concluí que solo podía hallarse en el espacio entre el sueño y la vigilia que había visitado anteriormente sin darme cuenta, y además que la gracia del típico gag de la piel de banana sigue en plena vigencia.
No sé si ocurra lo mismo con el del pastelazo en la cara, pero lo que es un hecho es que el pato Donald nunca ocupa pantalones y pese a ello sale de la ducha con una toalla amarrada a la cintura.
Me contaron que mi bisabuela Eloisa, con quien hubiésemos congeniado muy bien de habernos conocido, solía lamentarse de que el sector donde vivía se llamara Churcunco y no San Julián, como a ella le hubiese gustado. Me la imagino mirando con desazón hacia los espigados álamos, a las suaves colinas donde correteaban blancos corderitos o hacia el perfumado arbusto de cedrón, incómoda con la idea de que algo tan bonito tuviese un nombre tan feo.
A mi me pasa algo parecido con las palabras, pero sobre todo con una palabra que sirve para calificar a las palabras que suenan feo, esa que comienza con ca sigue con co y termina con fonía. Para solucionar éste inconveniente a veces empleo la expresión shitword, que no tiene todo eso de término latino prefabricado con materiales de segunda selección.
En el fondo debe ser que la bisabuela Eloisa y yo somos unos snob, aunque yo nunca ocupo la palabra snob porque encuentro muy snob hacerlo.
Mmm…..me esta dando la impresión de que éste blog se esta poniendo demasiado alambicado (obvio: si se pude escribir alambicado es porque hay alambicamiento), por lo que he decidido ponerle un poco de sexo -me preocupa eso que oí decir por la radio a Cesar Aira sobre que él recomienda a los jóvenes escritores que los personajes tengan una vida sexual para que adquieran volumen-, y también algo de violencia explicita y guitarras ruidosas.
Dedicada a una chica borracha, promiscua y de sombrero:
Iba caminando por caminar sin poner demasiado de mi parte en esquivar las pozas cuando leí en un viejo letrero:
“Blue Horse Hotel B… “
Lo demás estaba fuera de perspectiva. Quedé maravillado con aquel nombre surrealista que no se porqué asociaba con Marc Chagall, pese a tener la más plumífera idea de si ese ruso ensoñado pintó o no caballos azules. De cualquier forma me prometí que si llegaba a tener otra vez un caballo (historia larga…) lo pintaría de azul. En éstas cosas pensaba cuando el blues me dio un duro swing directo a las narices: al acercarme me percaté con un instantáneo desvanecimiento de sonrisa de que había leído mal y que el letrero decía realmente:
“Blue House Hotel, Bed & Breakfast”
Qué nombre más triste.
Ocuparé éste nombre triste -porque es triste la suerte fría y desechable de la obra de arte en la época de la híper-reproductibilidad técnica- para titular a un compilado de canciones que se salvaron por casualidad del plan de limpieza general de mi computadora. Espero traspasar pronto la compilación a una cinta para que las canciones tengan un hogar de verdad donde vivir, aunque se trate de un triste hotel para vendedores viajeros.
Dress sexy at your funeral – Smog
Premier bonheur du jour- Os Mutantes
Downtown – Petula Clark
I put a spell on you – Screamin’ Jay Hawkins
Lado B.
Different drum – The Stone Ponies
En la sed mortal – Nacho Vegas
Oh! sweet nuthin’ – The Velvet Underground
Tous les garcons et les filles – Francoise Hardy
Fleurette africaine – Duke Ellington, Max Roach, Charles Mingus
Vissions of Johana – Bob Dylan
Smells like teen spirit – Paul Anka
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Recuerdo hoy una acalorada discusión literaria que sostuve hace años con un antipático poeta experto en lógica proposicional y que transcribo a continuación:
Poeta : La literatura no es mermelada de frutilla.-
Yo : La literatura si es mermelada de frutilla.-
Poeta : Desde luego que no lo es.-
Yo : Precisamente lo es.-
Poeta : Por supuesto que no lo es.-
Yo : Por supuesto que si lo es.-
Poeta : No lo es.-
Yo : Lo es.-
Poeta : ¡Qué no!.-
Yo : ¡Qué si!.-
Poeta : Me parece absurdo que no reconozca Ud. que la literatura no es mermelada
de de frutilla.
Yo : Me parece otro tanto que Ud. no reconozca todo lo contrario.
Poeta : (…)
Yo : No (…)
Así disputamos unos cuantos rounds dialécticos más hasta que la cosa amenazó con pasar de la dialéctica al box (hecho que solo fue evitado por mi consideración unilateral de que el honor no estaría ultrajado en la medida en que me largara, desairando a mi oponente, y le negara el saludo a perpetuidad a tan insolente adefesio). Si Georges Perec hubiese estado ahí creo que se habría puesto de mi parte.
El cronista estuvo entre los 18 sobrevivientes de la travesía que regresaron a España, los demás murieron en gran parte de escorbuto –como diría mi simpática profesora de historia "una enfermedad producida jóvenes, por no comerse los vegetales que contienen las vitaminas y minerales que ustedes necesitan"-. Qué suerte tuvo la humanidad de que el gran cronista pudiese hacer llegar tan invaluable bitácora, porque es de suponer que no hubiese estado a salvo en manos de un harapiento y sediento marinero loco. Pero sobre todo, qué suerte la de Antonio Pigaffetta de sobrevivir a tan peligrosa aventura …
Bueno, no se trató de pura suerte en realidad: ha llegado a mis oídos el rumor de que el escritor era un goloso y escondía entre sus papeles uno o dos frascos de mermelada rica en vitaminas que no compartía con nadie. No me consta si era de frutillas, eso solo lo habríamos sabido por su estado de Facebook.
No se si lo anterior pruebe que la literatura sea mermelada de frutilla, pero si que es una cucharita para el té.
Aveces sufro de Linyeritis, rara patología cuyos síntomas son un veloz crecimiento de barba, ojerosidad y somnolencia, intolerancia al trabajo, humor de perros y aversión compulsiva al agua y el jabón. Un cuadro linyerítico agudo puede dejar al enfermo con un aspecto y humor dignos de un adusto miembro de la tripulación del pirata Barba Negra o de Frank Gallagher, el protagonista de la serie Shameless (UK). Según el doctor Horsestien la enfermedad fue introducida a Latinoamerica por polillas gigantes provenientes de Papua Nueva Guinea, ¿Quien soy yo para contradecirlo?
Unos lunes atrás amanecí aquejado de un acceso de linyeritis por lo que decidí, pese a que no tenía gran cosa que hacer, tomarme el día libre e ir a ver el western animado Rango. Fue una decisión fatal: en el cine, que me figuraba desierto por ser lunes, habían cerca de treinta párvulos montando tal alboroto que me vi obligado a ahuecar el ala y salir de ahí con mi desastroso humor y mi desastroso aspecto otra vez a la luz, esperanzado en tener por lo menos la revancha de darle un susto a alguno de aquellos mocosos, conciente de que mi apariencia –caracterizada habitualmente por un romántico descuido pero en forma alguna horripilante– evocaba al atemporal Viejo del Saco, pero incluso ese pequeño consuelo me fue negado esa nefasta tarde, ya que las sombras cubrieron de anonimato mi retirada. Maldije a aquellos enanos escandalosos e ignorantes, culpables además de que proyecten vilmente dobladas tantas divertidas películas de monitos. Sin mas que hacer arrastré los pies de vuelta a casa, pensando en los westerns que suelen partir con un sucio forastero al que de buenas a primeras le dan la placa de Sheriff que nadie quiere ocupar. Luego se las pasa en grande durante un tiempo fumando, meciéndose en el blanco porche de su oficina, armando y desarmando su revolver y flirteando con Rosselyn o con Sue Jane, hasta que un buen día la banda de forajidos deseosa de asesinar al Sheriff de turno vuelve a asolar el pueblo enmudeciendo a balazos la canción que Rosselyn o Sue Jane canta sentada sobre el piano en la cantina, pidiendo whisky a gritos y amarrando al dependiente del banco a un caballo salvaje que lo arrastrara por la pradera hasta matarlo. Finalmente todo se resuelve a duelo en un fantasmal callejón por donde el viento arrea el polvo y hace rodar la maleza.
No es tacañería, es fobia: esta gélida mañana de mayo, haciendo acopio de mis menguadas fuerzas –¡Oh gripe maligna!– me disponía por fin a realizar una serie de diligencias notariales pospuestas hace décadas cuando a pasos de la plaza, logré distinguir a lo lejos a una sonriente voluntaria de alguna institución sin fines de lucro recibiendo donaciones de mis buenos conciudadanos. No podría decir si la colecta era en beneficio del Hogar de
Tal vez la fobia que experimento ante los actos de caridad en general y las colectas nacionales en particular se deba a algún episodio traumático de mi infancia propiciado por las extravagancias de mis inexpertos padres –como pareciera sugerir el hecho de que no tengo ningún recuerdo al respecto– o por mi finísimo sentido del pudor, rasgo inequívoco de hidalguía y buena crianza.
El caso es que, luego de rebotar como una bolita de pinball por casi todas las esquinas de la ciudad en mi odisea burocrática en pos de un camino seguro a la notaría, tuve una epifanía: “si no tengo monedas estaré a salvo” y, sin más ,me metí a unos videojuegos y le di al pinball hasta quedar en banca rota en lo que a metálico se refiere. Nunca antes un Game Over fué tan bien recibido por mi parte, y como no soy un mero aficionado al juego, se hizo demasiado tarde para las diligencias notariales que pretendía cumplir, las que seguramente van a posponerse en forma indefinida hasta que las fundaciones, corporaciones, la gripe y quien sabe que otra calaña de entes perversos dejen de conspirar en mi contra.