Jody

¿Porqué se mueve el alma por pensamientos vanos, cuando son precisamente vanos? Bien, es movida por ellos. (¿Cómo puede mover el viento al árbol, cuando no es más que aire? Bien, lo mueve; no lo olvides). Luwding Wittgenstein.
Siempre, aproximadamente toda la vida, he tenido el firme propósito de hallar una moneda perdida.
Nada de escudriñar céspedes a la caza de tréboles de cuatro hojas, nada de revolver los basureros de la cuidad tras un trapito rojo como los personajes de Rayuela, lo mío era caminar con la vista clavada en las veredas asechando calderillas, pero nunca conseguí más que desengaños, colisiones y, con el tiempo, bastante erudición en materia de zapatos. Al borde de la desesperanza, intenté conjurar mi mala suerte tomándome a apecho aquello tan tópico de "si quieres encontrar, debes dejar de buscar" y me puse a deambular por la vía pública con premeditada distracción, silbando con la barbilla muy en alto. Demás está decir que dicha actitud solo me acarreó más accidentes peatonales, desengaños y alguna comprensión del comportamiento de las palomas.
Así había transcurrido sin fortuna mi vida hasta esta mañana: ponía todo de mi parte en no resbalar, pues había caído la helada, cuando, recortada contra el blanco sucio de la nieve la vi: dinero gratis y casual, un inconcebible resplandor en mis mejillas, mis pupilas y hasta mis orejas. Me agaché, incrédulo, a recoger aquella monda de quinientos pesos, el metálico de más alta denominación de éste país. Creo que fui completamente feliz.
Pero las angustias no tardaron en llegar. En un principio estuve a punto de guardarla en el monedero, pero me percaté alarmado de que si lo hacía, La Moneda se confundiría con otras dos intrascendentes congéneres suyas ganadas con esfuerzo. Decidí entonces colocarla en el bolsillo de la chaqueta, pero al cabo de unos segundos cambié de parecer, trasladándola al bolsillo trasero del pantalón, porque sabido es que las cosas suelen perderse de los bolsillos de las chaquetas debido al constante trajín de manos que salen y se hunden en ellos, sobre todo si el termómetro marca menos cinco y uno necesita encender cigarrillos.
Avanzaba la soleada mañana polar cuando caí en cuenta de que vivía en un mundo perfecto para beber un café portátil. Acto seguido, entré en un boliche por el café. A la hora de pagar surgió un contratiempo: como ya me había gastado el cambio en no se qué tonterías, estuve a punto de pagar con La Moneda sin darme cuenta. Afortunadamente descubrí mi falta y en el último instante, ante la mirada amenazante de la vendedora, cambié precipitadamente La Moneda por un billete de cinco mil pesos y se lo extendí encogiéndome de hombros. Al recibir el cambio, me advertí mi mismo de no guardarlo en el bolsillo trasero del pantalón, ya que tal lugar estaba reservado en forma exclusiva para La Moneda.
Mientras paseaba bebiendo mi café portátil, tarea que debía afrontar seriamente si no quería quemarme, resbalar en el pavimento congelado o ambas cosas, comencé a sentirme a disgusto en mi nuevo rol de guardián de La Moneda. No había previsto en absoluto que el golpe de fortuna que perseguí toda la vida supondría tamaños desvelos maniáticos dignos de Gollum. Así, tras largas cavilaciones que no pienso reproducir, tomé la resolución de, primeramente, hacer que un tren arrolle a la dichosa Moneda para que quede bien aplanada y, acto seguido, remitirla en sobre cerrado al Palacio de la Moneda, ya que como todos saben, ahí fabrican el metálico nacional. En la carta se explicaría que pese a sentirme tocado por la fortuna, no estaba dispuesto a quemarme las pestañas velando por ningún fetiche de la suerte, por lo que estimaba conveniente devolver La Moneda a su lugar de origen, etcétera. Solo me resta averiguar los horarios del Transpatagónico, del que tan raras historias refieren Raúl Ruiz y Benoit Peeters.
Pero, aparte de este doble sexo, el caracol posee algo todavía más extraordinario: un recipiente en forma de saco en su propio cuerpo, dentro del cual se manufactura un diminuto fragmento de carbonato cálcico, llamado dardo del amor.
Así, cuando un caracol (...) se junta con otro caracol, ambos se dedican al galanteo más curioso del mundo. Se lanzan mutuamente sus dardos del amor, que penetran a gran profundidad y se disuelven rápidamente en el cuerpo."Pese a ser un mero aficionado en el ajetreado mundo del insomnio, no soy tan inexperto como para contar ovejas transparentes durante las ocasionales noches que me paso en vela. Prefiero mil veces trazar planes utópicos (que al despertar siguen no estando ahí), hacer listados de asociaciones e imaginaciones y tomar vasos de leche.
Hace unas noches por ejemplo fantaseaba con que mi ciudad era cede de la ceremonia de premiación de los Animal Spirit Awards, premio otorgado por la fundación francocanadiense por la liberación animal “Noha’s Spaceship” y que me tocaba entregar junto a Bianca Cassydy de Cocoroise el galardón a la banda con el mejor nombre animal en la historia de la música.
Quedaron fuera de los nominados -muy a mi pesar- bandas con nombres tan-tan buenos como Crazy Horse, The Wombats, Panda Bear, Grizzly Bear, The Detroit Cobras, Steppenwolf, Cat Power, Jirafa Ardiendo, Iron Butterfly, Snoop Dog, Bee Gees, The Byrds, Grant Lee Buffalo, The Lounge Lizads, Modest Mouse, Fleet Foxes, Swans, The Cat´s Miow, Le Tigre, Caribou, Gorilaz, The Black Crowes y The Bottom Rats, quienes sin embargo se encontraban presentes en mi anfiteatro imaginario al igual que personalidades de la talla de Jack Costeau, Kate Moss, Claudio Eliano, Werner Herzog, Iggy Pop, la bisnieta de Laika, Evo Morales, Colin Farrell, Nicanor Parra, Paul Maccatney y Lazzie entre otros notables que concurrieron personalmente o representados por réplicas de cartón piedra en tamaño real.
Los Tortoise enviaron una misiva en la que lamentaban la imposibilidad de asistir al evento por haber caído una vez más en la paradoja de Zenón de Elea quedando atrapados infinitamente un paso delante de Aquiles a la salida de un club de jazz en su Chicago natal.
Llegado el momento de la premiación, luego de intercambiar unos absurdos chistes sobre pájaros dodos y de que Bianca emplazara al gobierno japonés a firmar de una buena vez la convención internacional sobre mar y gritar con su vocecilla ¡Stop killing dolphins! y mientras sonaba de fondo -muy predeciblemente- Who could win a rabbit de los Animal Collective me tocó decir a mi: “And the nominees are” y a la lúdica Bianca:
-The Stone Poneys- aplausos galopantes.
-Moon Dog- aplausos como una gran, una gran, una gran lluvia que cae.
-The Beatles- solitario y elegante aplauso repetido lentamente siete veces desde la entrada del recinto. Los presentes se voltearon hacia la penumbra, también Paul Maccatney quien con una mueca de horror vio emerger desde las sombras al fantasma del verdadero Paul Maccatney sosteniendo un pastel en llamas, y es que a veces lo que comienza como un inocente pasatiempos del insomnio puede terminar en pesadilla.