no quiero ser enterrado en un cementerio de mascotas
Así las cosas, cuanto menos por ésta vida, en la que debo cargar con todo un cementerio privado de mascotas, no me creo capacitado para cuidar ni siquiera un mísero cactus (aunque este venga a ser algo así como una mascota vegetal a prueba de ataques nucleares).
La evocación de mascotas fallecidas me hizo recordar un ensayo de mi profesor de filosofía del Liceo -a quien tenía en gran estima sin perjuicio de entender menos de la mitad de sus complejas disertaciones- que se titulaba “Natura Catódica” y trataba, creo, sobre las relaciones de dominación entre el humano y la naturaleza.
Todo lo que mi memoria retiene de ésta sesuda monografía es un sencillo esquema de opuestos y contrarios que reproduzco a continuación:

Por aquella época colegial, además de entender menos que a medias las lecciones de filosofía y comenzar a fumar, adquirí el hábito de pasear libros. Pasee en mi morral de camino a encontrarme con alguna noviecita o en simple plan de vagancia al Corazón de las Tinieblas, a Las Flores del Mal, a Los Crímenes de la Rue Morgue, a Una temporada en el Infierno, a Los cuentos de Amor, de Locura y de Muerte, a Crimen y Castigo, al Necronomicon y a varios otros clásicos de la literatura teen/dark/punk. Jamás prestaba éstos libros a otros lectores advenedizos ni mucho menos a mi hermana menor, además los trataba con bastante cuidados procurando no estropear las tapas al leerlos y muchas veces durmieron en mi cama abrigados bajo la almohada.
La mayoría de ellos aún se conserva en buen estado embalados en cajas de cartón. Por lo visto, a los pequeños monstruos con afilados colmillos de papel les fue mejor conmigo que cualquier adorable cuadrúpedo o bípedo domestico cruelmente mascotizado. Muy lamentable todo.