Thursday

Contribución para un árbol genealógico de la literatura botánica

Monday

Helado de limón

Tal vez mis ideas sean extrañas y equivocadas, pero son las únicas que se me vienen a la cabeza. Por ejemplo, siempre consideré que un tipo duro, uno como el viejo Clint Eastwood o Genaro Gatusso, aquel aguerrido mediocampista del AC Milan o como Wolverine de los X-Men,  sólo debería comer o tomar (nunca he sabido qué  verbo usar en este caso) helados de limón. La culpa de que albergue semejante idea la tiene Anthony Queen a raíz de esa escena de La Strada en la que se devora el helado de un bocado, helado que, no cabe duda, tiene que ser de limón. Resulta claro que cualquiera podría ir por la vida con un cigarrillo cosido a los labios bebiendo whiskys dobles con las manos en los bolsillos de la gabardina sosteniendo una pistola en una y nada en la otra, como en las películas, pero en la vida real, ser un tipo duro tiene más que ver con tomar (o comer) helados de limón en la menor cantidad de bocados posibles, a lo Anthony Queen, congelándose el cerebro y destemplándose las muelas sin variar el semblante en lo más mínimo. Cuanto más guiñando un ojo. 
Muy a mi pesar debo reconocer que, aunque haya realizado esfuerzos, no soy lo que se dice un tipo duro. Solo soy un sujeto con el autoestima agrietado un tanto aficionado al cine y al helado de limón que hoy, a la hora de almuerzo, recorrió todas las heladerías del Terminal de Buses Sur sin encontrar ninguna que tuviese helado de limón y debió resignarse, humillado ante si mismo, a una porquería de cucurucho de durazno al agua. La dependienta ofreció ponerle salsa encima pero me negué, creo que con bastante dignidad. 

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Tuesday

Culos ejemplares

En Esto no es una novela el escritor David Markson (leerlo me pareció una forma bastante satisfactoria de perder el tiempo) atribuye a Renoir la frase: "Nunca nadie pintó un trasero de mujer mejor que Boucher".  Sin perjuicio de mi completo desconocimiento del pintor y su obra, de acuerdo al dictado de la cultura general debí reconocer que los traseros femeninos han sido todo un leitmotiv en la historia del arte. Tanto que, si mis cálculos son correctos, un buen tercio de la producción artística de la humanidad aborda directa o indirectamente el tema. Entonces, si compartiéramos el autorizado juicio de Renoir, habría que concluir que los culos de François Boucher, a cuya paleta debemos la odalisca que ilustra esta entrada, constituyen una de las más altas cumbres en las bellas artes, cosa que ni si quiera se me había pasado por la cabeza hasta leer a Markson.
Claro que en materia gustos no es dado esperar consensos excesivamente amplios: el culo ideal ha ido variando a través de los siglos y, en menor medida, varía de mirón en mirón. Es más, aún compartiendo el gusto por las redondeces femeninas, hay quienes como Diderot, no aprecian para nada el arte de Boucher: "Ese tipo no agarra el pincel más que para pintar tetas y culos, y a mí me gusta verlos pero no que me los muestren”, expresó el enciclopedista hacia 1765.

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Friday

Para una ontología del sándwich

"Der mensch ist was er isst": el hombre es lo que come, postulaba Feuerbach (claro que la razonable máxima materialista ha sido manoseada hasta el cansancio por los cultores de estilos de vida saludables y espiritualidades afines). En materia del ser y comer admito que abuso de las legumbres enlatadas, los huevos pasados por agua y la frugalidad del sándwich de queso. O de jamón, si se da el caso. Entonces, ¿quién soy? Pues veamos...
Se cuenta que el primer emparedado de la historia fue servido durante una partida de cartas que ya se extendía por más veinticuatro horas. En ella intervenía, ignoro con qué grado de fortuna, John Montagu, IV Conde de Sandwich, un aristócrata inglés que alternaba el juego fuerte con labores diplomáticas para la delegación de la emperatriz María Teresa de Austria. Según autorizadas fuentes historiográficas, la incompatibilidad entre la mesa de juego y la del comedor traía algo descuidada la alimentación del conde y fue así que el ingenio de sus criados vino a remediar la situación mediante un tentempié compuesto por carne entre dos rebanadas de pan. La merienda tenía la ventaja de poder ser consumida manualmente, sin peligro de ensuciarse los dedos ni mucho menos interrumpir la partida. 
Aquella jornada austriaca de 1762 marca el inicio de la historia moderna de la desaprensión alimenticia (la trasnacionalización de McDonald's cerrará dicha edad e inaugurará la posmodernidad en el rubro). Pienso que se podría escribir un tratado filosófico titulado Comer y tiempo donde se desarrollara una especie de fenomenología del sándwich. No lo he leído, pero creo que de algo así debe tratarse aquel libro de Allen Ginsberg, Sándwiches de realidad.
En el medio local encontramos un notable exponente de la mencionada tradición nutricional: el presidente Ramón Barros Luco (1835-1919), despreocupado político cuyo apellido ha pasado a la historia por el emparedado de carne y queso fundido que ordenaba invariablemente en la vieja Confitería Torres. De frondosos bigotes y mirada acuosa, un poco como una morsa que acabara de despertar de sus dulces sueños, gobernó el país junto a un itinerante y variopinto gabinete de ministros  bajo el principio de que existen dos clases de problemas: los que se resuelven solos y los que no tienen solución. 
Habría que concluir con que si uno come emparedados, es porque tiene mejores cosas que hacer que pensar en qué comer, ni hablar de cocinar. No hacer nada, por ejemplo. Ahora bien, tengo mis límites y procuro abstenerme de los espantosos sándwiches nacionales y la consabida dictadura de la palta, el tomate y la mayonesa y jamás, doy mi palabra, comería aquel engendro del fascismo llamado chemilico. 

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Contribución al Nuevo diccionario de lugares comunes (entradas sobre idiomas)

Chino: no se entiende. En el mismo sentido Flaubert en Dictionnaire des idées reçues.
Japonés: como chino pero más ronco o agudo y gritado. En ocasiones, sexy.
Vietnamita: igual que el chino pero con saltamontes fritos.
Coreano: Igual que el japonés pero más pop.
Ruso: si tu padre se llama Iván y tu también, entonces te llamas Iván Ivánich. Si te llamaras María, entonces serías María Ivanovna.
Francés: el idioma de amor. Schopenhauer decía que el francés es el italiano pronunciado por una persona resfriada.
Inglés: hay que saber inglés. Shakespeare lo inventó, por eso es el mejor idioma para la poesía.
Gaélico: Joyce no escribió en gaélico, así que podemos pasar.
Finlandés: no podría ver películas de Kaurismaki sin subtítulos.
Polaco: ¿cómo se pronuncia Wojtyla?
Italiano: ¿se puede cantar ópera en otro idioma? ¿No resulta insufrible la Flauta Mágica?
Alemán: En alemán las frases son trenes con muchos vagones repletos de palabras, lo que parece favorecer a la filosofía, sobre todo a la alemana. Si hablas mapudungún aprendes alemán más fácilmente.
Holandés: un burro -según el filósofo alemán Georg Lichtenberg - es como un caballo traducido al holandés.
Portugués: como el español pero más lindo tanto en fado como en bossa nova.
Español: como el portugués, pero no tan lindo si no lo pronuncia alguien de Colombia o Penélope Cruz. Se presta a circunloquios y malos entendidos tan bien como el francés.
Catalán: español abreviado.
Lenguas del oriente medio habladas por pueblos que prefieren al profeta Mahoma a Jesucristo: muchas palabras bonitas como almizcle, nadir y jofaina. Acusada tendencia al morfema “al”.

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Wednesday

La gran novela americana

Leo The great american novel de Phillip Roth titulada, en mi traducción de Lucrecia M. Sáenz, La caída de los ídolos (¿?). Según me informo en la red, la traductora, cuyo apellido correspondiente a la inicial M. es Moreno, en otras oportunidades ha tomando distancia de la tradición española, traduciendo The case of the angel's trumpet de Richard Burt en forma menos liberal como El caso de las tompetas celestiales o Knight's Gambit de Faulkner como Gambito de caballo (jugada que, por si no lo saben, implica el sacrificio de un caballo en el ajedrés).  
La novela trata de béisbol, deporte al que respeto y creo entender a grandes rasgos y, me entero, es considerada una obra menor de Roth, prácticamente una humorada en opinión de sus críticos más autorizados. 
Hasta aquí todo en orden, pero no podría dejar pasar sin comentarios un defecto de traducción tan substancial como el que sigue: 
"El general (...) explicaba que si la distancia entre las bases llegaba a acortarse en una sola pulgada, bien valdría la pena cambiar el nombre del juego, pues con eso se alteraba fundamentalmente la relación existente entre el diamante "tal como siempre lo conocimos" y el esfuerzo físico y la destreza requeridos para jugar en un campo de tales dimensiones. (...) Las calles están llenas de gente con ideas alocadas, que sólo quieren ganar un dólar, que sólo quieren confundir al público, que sólo quieren cambiar el mundo porque no les gusta tal como es. Yo les digo solamente que veinticinco metros es la distancia entre las bases desde hace cien años, y en lo que de mi depende, guardarán esa distancia por los siglos de los siglos".  
La  errata es de proporciones: como se sabrá, los estadounidenses, sobre todo los que aman el béisbol, suelen medir las distancias en pies, yardas y millas. 
Para estos efectos basta con anotar que un pie equivale a 0,3 metros. Ahora bien, de acuerdo a las Reglas y Reglamentos, la distancia entre cada base debe ser de 90 pies, es decir, 27,4 metros,  no "veinticinco" como propone la traductora de Roth, ofendiendo gravemente así la confianza del lector ajeno al sistema anglosajón de unidades y al propio espíritu de la novela, que hace un marcado énfasis en la precisión y ortodoxia de las medidas del campo.    
Para terminar deseo acotar que siempre es agradable leer novelas mal criticadas, prescindibles, de autores que pueden considerarse eternos candidatos al Nobel, en traducciones infames y que además tienen la ventaja de costar mil pesos en los cajones de libros usados del Terminal Sur, suma que, de acuerdo al tipo de cambio vigente, representa un poquito más de un dólar con cincuenta. 

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Monday

Autodefensa

"Quien se defiende a sí mismo tiene un tonto por cliente y un imbécil por abogado". La frase, atribuida a Abraham Lincoln, suele usarse en el contexto forense para desalentar a quienes pretenden economizarse la asesoría letrada. Ya sabemos cómo les ha ido a personalidades de la talla de Homero Simpson o Sócrates cuando han tenido la mala idea de asumir personalmente su defensa en juicio. En este orden de ideas, me preguntaba si no será incluso más insensato sostener mis propios puntos de vista cuando discutimos nuestros asuntos con Glenda.

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