Friday

No se admiten visitas de nadie

Esta fotografía la adquirió un colega de mi gran amigo Araña; se supone que es producto del revelado de una placa de principios de siglo XX hallada entre las baratijas de Avenida Argentina en Valparaíso. Eso era todo lo que sabía, remarcó Araña. Desde luego la falta de datos se presta a toda clase de especulaciones. Para empezar: ¿qué tenían estas gentes contra la idea de hospitalidad? Tal vez se haya tratado de una especie de secta o de alguna organización revolucionaria o criminal o de una cuadrilla de aventureros en busca de oro o hasta de un campamento de peones aislados por órdenes de la compañía. Quién sabe. Por otro lado, el terreno luce escarpado y agreste, seguramente cordillerano pero, en concreto, ¿dónde se habrá tomado la foto? ¿Cuál habrá sido el contexto?¿Serían nacionales o extranjeros los retratados? Fuera de lo anterior, ¿qué significado tendría aquel cartel pequeño donde se alcanza a leer "Santa Elena"? ¿Porqué estarían todos tan serios a excepción de aquella mujer de gesto dulce parada junto a la entrada? ¿Serían suyos todos esos niños? ¿Y el padre? ¿Estaría rezando el tipo de la gorra de la izquierda? ¿Para qué y para quién posarían si su divisa parecía ser precisamente la inhospitalidad? La foto da que pensar, indudablemente. Creo que la franca actitud de sus protagonistas es impracticable; resulta mucho más civilizado y de buen tono ocultarse como rata en su agujero en caso de no querer abrir la puerta, digamos, a los testigos de Jehová, o peor aún, a los grandes amigos.

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Monday

Escritores que nadie lee

Me he dado cuenta de que las librerías de viejo siempre están bien provistas de obras de Arthur Hailey, Alistair MacLean, Eric Ambler, Joyce Cary, Vicky Baum, Pearl S. Buck, Frank Slaugther, Jesse Stuart, Frank Yerby, A. J. Cronin, Michael Quoist, Jean Lartéguy, Guy des Cars, Anthony Hope, Ira Levin, Hugh Walphole, Bruce Marshall, Julien Green, Guido Piovene, Giovanni Guareschi, Jack Higgins, Axel Munthe, Ivo Andric, Joseph Kessel, Hans Ruesch, Frederick Forsyth, Mary Webb, Virgil Gheorghiu, Erich Maria Remarque, Maxence Van der Meersch, Curzio Malaparte, Pierre Daninos, Colin Forbes, Max Catto, Louis Bromfield, Carl Sagan, Françoise Sagan, Margaret Kennedy, Lawrence Sanders, Lawrence Durell, Gerald Durell, Richard Llewellyn, Zane Grey, Lin Yutang, Jefrey Archer, Tom Clancy, Sidney Sheldon, Jacqueline Susann, Roger Peyrefitte, Pierre Benoit, Jakob Wassermann, Pär Lagerkvist, François Mauriac, Michael Crichton, André Maurois, Lajos Zilahy, Herman Wouk y otros cuyas señas no he sido capaz de retener y que, sospecho, ya nadie lee.

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Friday

Encuentros y despedidas

No sé si a otros les pasará lo mismo, pero a mi los encuentros fortuitos me producen unos estallidos de timidez tan molestos que prefiero evitarlos cada vez que los veo venir. Lo malo es que si la otra persona se da cuenta seguramente pensará, y no sin razón, que uno carece de modales, de carácter o de ambas cosas. Ahora bien, cuando el encuentro se vuelve inevitable solo queda hacer de tripas corazón y ponerse a balbucear las formulas habituales, luego soltar alguna observación sobre el clima, preguntar por el trabajo o por la salud de un tercero, cambiar números de teléfono y, al fin, despedirse expresando deseos de volverse a ver un día futuro e incierto.
Hace unos días acababa de salir de un lance semejante al despedirme con un abrazo de mi buen amigo Jvlivs. Lo había dejado junto al andén a la espera de un bus intercomunal y enfilado a comprar cigarrillos en un kiosko de por ahí. El punto es que a mi regreso pude distinguir su clásica figura a la distancia, aún en el andén, justo hacia donde me dirigía. Recordé entonces aquella anécdota de los indígenas de las islas Gilbert referida por Robert Louis Stevenson: tras haberse despedido de ellos, la falta de vientos lo retuvo tres días en el pequeño puerto de la isla. Durante el transcurso, los indígenas permanecieron escondidos detrás de los árboles, porque las despedidas ya habían tenido lugar y volver a despedirse les parecía increíblemente vergonzoso. Actuando en consecuencia, retrocedí sobre mis pasos y me puse a fumar escondido al costado de una cabina telefónica a la espera de que el bus se llevara a mi amigo. Afortunadamente tardó menos de tres días en partir. 

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Thursday

10 notas metropolitanas

1. Las verdaderas metrópolis se caracterizan por tres cosas: sus ciudadanos lavan ropa en lavanderías, viajan en metro y comen comida china.
2. Es encantador pasar por fuera de una lavandería y aspirar una buena bocanada de ese aire tibio perfumado a detergente y suavizante. 
3. Trabajar en una lavandería debe ser muy poético.
4. Imagino que todos hemos fantaseado alguna vez con recorrer la red del metro viajando solo por viajar.
5. Algún poeta debería ponerse las pilas y escribir un poema para cada estación del metro de Santiago. Ahora es buen momento; luego, cuando se inauguren las líneas 3, 6 y 7, podría sacar una segunda parte que, como suele ocurrir, no será tan buena como la primera.
6. Mis estaciones de metro favoritas son Monte Tabor y Protectora de la Infancia.
7. La comida china se traduce al idioma del país huésped, así, resulta distinta en todas partes del mundo. Es una lástima, pero parece que en Santiago las galletas de la fortuna se perdieron en la traducción y además ya no suelen dar palillos. Los cubiertos no son otra cosa que palillos chinos traducidos al español.
8. Hay restaurantes chinos que siempre están vacíos. Uno se pregunta si en realidad no serán una suerte de mascarada para oscuros negocios orientales. Sería interesante fingir residencias artísticas en los restaurantes chinos a fin de investigarlos.
9. El escritor mexicano Juan José Rodríguez (Mazatlán, Sinaloa, 1970), escribió la novela Asesinato en una lavandería china donde desfilan vampiros traficantes de cocaína. En su Historia universal de la infamia, Borges da noticia del singular tintorero enmascarado Hákim de Merv, quien sostenía haber sido decapitado por un ángel y que su cabeza estaba en buenos tratos con Dios allá en el cielo.  
10. Las grandes ciudades son como platos de chapsui.   

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Saturday

Catolicismo y gin tonics

Me resulta muy curiosa esa especie de tradición inglesa de los escritores católicos. La verdad es que no entiendo qué pasará por sus excéntricas almas, y eso que ya he buceado bastante hondo en las aguas de Chesterton, Waugh, Greene y, haciendo a un costado mi pequeña pinacoteca particular de prejuicios, hasta en las de Anthonny Burguess. Imagino que por ser un simple latinoamericano descreído no he conseguido sacar en limpio nada más que lo siguiente: lo fundamental en el catolicismo literario inglés pareciera apuntar a presentarse puntualmente a la misa dominical, con una impecable resaca, tan inodora e incolora como el H2O de la pila baustimal y a no divorciarse jamás.

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Friday

Pájaro imaginario

Soy un convencido de que se pueden hacer lecturas tan satisfactorias en Wikipedia como las de Borges en la Encyclopedia Britannica. Ahora mismo me dedico a estudiar algunos pormenores de la brujería en Chiloé. Pasa que cuando uno vive en la isla no tiene presente todo el tiempo este tipo de cosas, así, si alguien se cruza con un brujo, lógicamente se persinga y lo insulta en duros términos, pero no se detiene a estudiarlo ni mucho menos. Sería ocioso y mal mirado. Bueno, resulta que según Wikipedia una de mis criaturas favoritas, el Coo, que es una especie de brujo transformado en lechuza, tiene un acompañante llamado Tog tog. El nombre me pareció tan encantador que, picado de curiosidad, me he puesto inmediatamente a investigar, pero como no encontré otras referencias en la web, me he tenido que conformar con representármelo como un buhito más bien chico y desplumado, de perpetua mirada atónita. Me inclino a pensar en Tog tog como el clásico secuaz incompetente que secunda al villano principal e igualmente incompetente, es decir, alguien del estatus de las hienas en el Rey León o del ministro del interior del ex presidente Piñera. Ahora bien, la descripción de Wikipedia es tan escasa como inquietante: "mágica ave (...) que sería un brujo transformado en un pájaro imaginario". El mundo está lleno de aves mágicas pero no tenía noticia de alguna que fuese imaginaria a la vez. Es algo completamente nuevo para mi. Algo nuevo y, por lo demás, cien por ciento chilote. Inspirado por mi compatriota Tog tog, se me ocurre la siguiente idea para una película de terror: un brujo que se transformara mágicamente en amigo imaginario, de preferencia en un búho, con la finalidad de granjearse la confianza de un niño y así instigarlo para que asesine a las mascotas de los vecinos: principalmente gatos y perros, aunque no desdeñaría las tortugas dado el caso. La circunstancia de que el brujo haya asumido una forma imaginaria dificulta en grado sumo las actividades del protagonista, un cazavanpiros desencantado de la vida, que ha sido lo mejor que los padres, alarmados ante las excentricidades del niño, han podido costear. Los hechos transcurrirían en Paraguay.

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Influencia

Resulta patente la influencia de Stendhal en la obra de los rusos del sigo XIX. Ahora, comprenderán que en tiempos tan ajetreados como los nuestros, uno no puede demorarse sustentando tesis así como así, y que tampoco se trata andar dando la lata, por lo que me limitaré a plantear unos ejemplos que corroboran lo dicho más allá de toda duda razonable.
Se trata del arte del tripe asterisco, técnica llevada a la perfección por el gran autor francés.
Escribe Stendhal en su Cartuja de Parma (1939) : "(...) por más que dijera Fabrizio, quien se esforzaba explicando que en realidad no era comerciante de barómetros, el oficial le mandó a la cárcel de B***, una pequeña ciudad de las cercanías adonde nuestro héroe llegó a eso de las tres de la mañana, rabiando de ira y muerto de hambre."
Pocos años pasarán para que Gogol, precursor de la novela rusa moderna, escriba al comienzo del relato En un lugar embrujado (1842) la siguiente nota introductoria:"Suceso relatado por el sacristán de la Iglesia de***."
Tolstoi, el discípulo más aventajado, no tardará a emular al maestro en su encantadora obrita Los dos húsares (1856): "Bien es verdad que, a veces, sufría por pequeñas vanidades como, por ejemplo, al ver en la iglesia que sus vecinas llevaban sombreritos a la moda, traídos de la ciudad de K***."
La tradición francesa del triple asterisco se seguirá ramificando en lo más granado de las letras rusas: Iván Turguénev empleará el recurso con clase en su novela Padres e hijos (1862): "La ciudad de ***, adonde se dirigían nuestros amigos, se hallaba bajo la jurisdicción de un gobernador de los jóvenes, progresista y despótico al mismo tiempo, paradoja harto frecuente en Rusia."
A mi modo de ver, el punto cumbre en la técnica será alcanzado por Fedor Dostoievski en las primeras páginas de Crimen y castigo (1866): "En una tarde calurosa de principios del mes de julio, un joven salió de la reducida habitación que tenía alquilada en la callejuela de S***."
No me perdonaría dejar fuera a mi amado Chejov, cuyo cuento La mujer del boticario (1886) empieza así: "La pequeña ciudad de B***, compuesta de dos o tres calles torcidas, duerme con sueño profundo."
Estimo que con 
lo transcrito ya no hará falta apelar a los nombres ilustres de Goncharov, Korolenko, Andreiev, Bunin o Gorki. Ha quedado claro que el triple asterisco stendhaliano, aquel autentico triunfo de la discreción y el misterio, encontró tierra fértil en el alma rusa.
Me hago cargo de que la comentada influencia de Stendhal puede contar con detractores -el mundo es extraño, oh sí-. Asumiré su defensa parafraséando el sólido alegato de la pareja de hampones de una película  de los Coen: acusados por una madre de ser mala influencia para la familia, los delincuentes sostuvieron que estaban seguros de no haber querido influenciar a nadie y, si lo habían hecho, se disculpaban.   

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