Saturday

Catolicismo y gin tonics

Me resulta muy curiosa esa especie de tradición inglesa de los escritores católicos. La verdad es que no entiendo qué pasará por sus excéntricas almas, y eso que ya he buceado bastante hondo en las aguas de Chesterton, Waugh, Greene y, haciendo a un costado mi pequeña pinacoteca particular de prejuicios, hasta en las de Anthonny Burguess. Imagino que por ser un simple latinoamericano descreído no he conseguido sacar en limpio nada más que lo siguiente: lo fundamental en el catolicismo literario inglés pareciera apuntar a presentarse puntualmente a la misa dominical, con una impecable resaca, tan inodora e incolora como el H2O de la pila baustimal y a no divorciarse jamás.

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Friday

Pájaro imaginario

Soy un convencido de que se pueden hacer lecturas tan satisfactorias en Wikipedia como las de Borges en la Encyclopedia Britannica. Ahora mismo me dedico a estudiar algunos pormenores de la brujería en Chiloé. Pasa que cuando uno vive en la isla no tiene presente todo el tiempo este tipo de cosas, así, si alguien se cruza con un brujo, lógicamente se persinga y lo insulta en duros términos, pero no se detiene a estudiarlo ni mucho menos. Sería ocioso y mal mirado. Bueno, resulta que según Wikipedia una de mis criaturas favoritas, el Coo, que es una especie de brujo transformado en lechuza, tiene un acompañante llamado Tog tog. El nombre me pareció tan encantador que, picado de curiosidad, me he puesto inmediatamente a investigar, pero como no encontré otras referencias en la web, me he tenido que conformar con representármelo como un buhito más bien chico y desplumado, de perpetua mirada atónita. Me inclino a pensar en Tog tog como el clásico secuaz incompetente que secunda al villano principal e igualmente incompetente, es decir, alguien del estatus de las hienas en el Rey León o del ministro del interior del ex presidente Piñera. Ahora bien, la descripción de Wikipedia es tan escasa como inquietante: "mágica ave (...) que sería un brujo transformado en un pájaro imaginario". El mundo está lleno de aves mágicas pero no tenía noticia de alguna que fuese imaginaria a la vez. Es algo completamente nuevo para mi. Algo nuevo y, por lo demás, cien por ciento chilote. Inspirado por mi compatriota Tog tog, se me ocurre la siguiente idea para una película de terror: un brujo que se transformara mágicamente en amigo imaginario, de preferencia en un búho, con la finalidad de granjearse la confianza de un niño y así instigarlo para que asesine a las mascotas de los vecinos: principalmente gatos y perros, aunque no desdeñaría las tortugas dado el caso. La circunstancia de que el brujo haya asumido una forma imaginaria dificulta en grado sumo las actividades del protagonista, un cazavanpiros desencantado de la vida, que ha sido lo mejor que los padres, alarmados ante las excentricidades del niño, han podido costear. Los hechos transcurrirían en Paraguay.

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Influencia

Resulta patente la influencia de Stendhal en la obra de los rusos del sigo XIX. Ahora, comprenderán que en tiempos tan ajetreados como los nuestros, uno no puede demorarse sustentando tesis así como así, y que tampoco se trata andar dando la lata, así que me limitaré a plantear unos ejemplos que corroboran lo que digo más allá de toda duda razonable.
Se trata del arte del tripe asterisco, técnica llevada a la perfección por el gran autor francés.
Escribe Stendhal en su Cartuja de Parma (1939) : "(...) por más que dijera Fabrizio, quien se esforzaba explicando que en realidad no era comerciante de barómetros, el oficial le mandó a la cárcel de B***, una pequeña ciudad de las cercanías adonde nuestro héroe llegó a eso de las tres de la mañana, rabiando de ira y muerto de hambre."
Pocos años pasarán para que Gogol, precursor de la novela rusa moderna, escriba al comienzo del relato En un lugar embrujado (1842) la siguiente nota introductoria:"Suceso relatado por el sacristán de la Iglesia de***."
Tolstoi, el discípulo más aventajado, no tardará a emular al maestro en su encantadora obrita Los dos húsares (1856): "Bien es verdad que, a veces, sufría por pequeñas vanidades como, por ejemplo, al ver en la iglesia que sus vecinas llevaban sombreritos a la moda, traídos de la ciudad de K***."
La tradición francesa del triple asterisco se seguirá ramificando en lo más granado de las letras rusas: Iván Turguénev empleará el recurso con clase en su novela Padres e hijos (1862): "La ciudad de ***, adonde se dirigían nuestros amigos, se hallaba bajo la jurisdicción de un gobernador de los jóvenes, progresista y despótico al mismo tiempo, paradoja harto frecuente en Rusia."
A mi modo de ver, el punto cumbre en la técnica será alcanzado por Fedor Dostoievski en las primeras páginas de Crimen y castigo (1866): "En una tarde calurosa de principios del mes de julio, un joven salió de la reducida habitación que tenía alquilada en la callejuela de S***."
No me perdonaría dejar fuera a mi amado Chejov, cuyo cuento La mujer del boticario (1886) empieza así: "La pequeña ciudad de B***, compuesta de dos o tres calles torcidas, duerme con sueño profundo."
Estimo que con 
lo transcrito ya no hará falta apelar a los nombres ilustres de Goncharov, Korolenko, Andreiev, Bunin o Gorki. Ha quedado claro que el triple asterisco stendhaliano, aquel autentico triunfo de la discreción y el misterio, encontró tierra fértil en el alma rusa.
Me hago cargo de que la comentada influencia de Stendhal puede contar con detractores -el mundo es extraño, oh sí-. Asumiré su defensa parafraséando el sólido alegato de la pareja de hampones de una película  de los Coen: acusados por una madre de ser mala influencia para la familia, los delincuentes sostuvieron que estaban seguros de no haber querido influenciar a nadie y, si lo habían hecho, se disculpaban.   

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Thursday

Gorras de mapache

Eran tiempos difíciles, tan difíciles que aún lo siguen siendo. Recuerdo haber pensado, mientras colgaba lastimeramente del pasamanos del metro, en la  urgencia de encontrar la forma de llevar algún dinero extra a casa. Tendría que ser un emprendimiento  porque, que supiera, no contaba con una tía abuela millonaria a quien heredar con prontitud.
Descarté de plano una serie de actividades lucrativas por ser en alguna medida incompatibles con mi carácter: nada de producir pornografía doméstica para la Deep web ni de apostar a las carreras de caballos ni de traficar con drogas; debía admitir que conocía muy superficialmente dichos rubros y que, dado el caso, hubiese operado con tanta solvencia como el dependiente de una pescadería haciendo de controlador de tráfico aéreo.
Me pudo haber ido bien con las estafas -modestamente, creo que tengo talento para embaucar-  pero se sabe que hoy por hoy las estafas se hacen por vía telefónica y cualquiera que me conozca podría dar fe de que ni bien acerco la oreja a un auricular me pongo sordo y tartamudo y me asaltan espasmos del síndrome de Tourette y hasta me vuelvo daltónico.
También descarté participar en concursos literarios pues lo considero poco honroso.
Durante algunas semanas mantuve mi propia librería online pero, como se dice, las cosas no marcharon según lo previsto. No caeré en la tentación de presumir de mi fracaso como hacen otros empresarios. Unos llorones, eso es lo que son.
Como se ve, tal era mi deslucido panorama cuando una tarde igual a cualquier otra, viendo por televisión La Pequeña casa en la pradera y teniendo la boca llena de pan remojado en té aguado, me vino a la cabeza una idea sensacional: me convertiría en cazador de pieles durante los ratos libres. Sabía todo lo que vale la pena saber sobre el oficio gracias a Hollywood a mi finado abuelo (una suerte de Daniel Bonne de la Patagonia) y a las incontables historias de pioneros, diligencias, indios y rifles que había leído por ahí.
El negocio podría ser venturoso; sin duda ayudaría la circunstancia de que cada invierno parece sentirse más frío que el anterior con lo que la demanda por abrigos, estolas y gorras de piel, estimo, se verá incrementada al rededor de un docientos treinta y siete por ciento en las próximas temporadas.
Además, en ciertos rincones de la ciudad (cuya ubicación no estoy tan loco como para hacer pública) existen verdaderas colonias de osos pardos y negros, ardillas, zorros y toda clase de animales del bosque. Incluso es posible toparse con especies exóticas como jaguares, tapires y hasta ornitorrincos
Lamentablemente la población de mapaches resulta más bien reducida. Es una pena porque las gorras hechas con su piel causarían verdadero furor en el mercado de invierno y me aventuraría a decir que hasta entrada la primavera.
He estado pensado detenidamente en el problema de los mapaches. A mi modo de ver sólo caben dos posibilidades: o los mercados americano y asiático acaparan el grueso de la producción, o bien la industria del mapache de peluche es insignificante comparada con la de los osos teddies, los conejos y los cachorritos de piel sintética.
Igualmente busco socio capitalista.

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Friday

Larkin entrevistado

Philip Larkin, escritor famoso y bibliotecario titular de Brynmor Jones, era más bien renuente a conceder entrevistas, pero cuando lo hacía, respondía como un profesional (habilidad muy inglesa hasta donde tengo entendido). Dos ejemplos, ambos tomados de la Paris Review:

Periodista: "¿Y qué hay de viajar? ¿No le gustaría visitar, digamos, China?"
Larkin: "No me importaría viajar a China si pudiera estar de vuelta ese mismo día..."

Periodista: "¿Es Jorge Luis Borges el único otro poeta de peso que también es bibliotecario? ¿Sabe de algún otro?"
Larkin: "¿Quién es Jorge Luis Borges?"

Por cierto, no estoy seguro de que mi uso de comillas haya sido muy atinado.

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Juzgar portadas

No, claro que no hay que juzgar un libro por su portada ni a una persona, digamos, por qué tan correctamente lustrados lleve los zapatos. Sería puro prejuicio y los prejuicios, aunque no pocas veces se nos confirman, están pésimamente mal. Tan mal como no despegarse del teléfono durante las comidas o como robar a las bibliotecas públicas o como todo en Donald Trump.
Otra cosa es juzgar la portada de un libro por sus propios méritos (ya habrá tiempo para ocuparse del lustre de los zapatos).
Existen libros con portadas tan satisfactorias que uno podría colgarlos de la pared como si fueran un póster o enviarlos por correo como una postal.
Se me vienen a la cabeza algunas portadas sencillas y hermosas que jamás me cansaría de mirar como la de Pnin de Navokov o la de Malva de editorial Quimantú. También los sofisticados diseños de Daniel Gil para Alianza Editorial.
Pienso que tratándose de obras prestigiosas no hay mucho quebradero de cabeza: la portada simplemente puede estar o no estar a la altura. Es más conflictivo el caso de obras menores, desconocidas o derechamente horribles. En mi opinión, con ellas es posible desentenderse del aspecto literario con una gran encogida de hombros y centrarse en lo superficial.
Para ser sincero, lo que busco es justificar un poco mi afición a llevar libros del cajón de las ofertas sólo porque tienen buena pinta, como hace unos días con El turco Abdala y otras historias de Eduardo Labarca, cuya portada... bueno, dicen que una imagen vale más que mil palabras así que no estaría demás pinchar el enlace.
El caso es que, investigando a vuelo de pájaro, me percaté de que su fama como escritor se debía en buena medida a la polémica suscitada precisamente por una portada suya: la del libro El enigma de los módulos, donde figura el propio autor ¡meando sobre la tumba del mismísimo Borges!
Según la información que pude recopilar en Internet, el hecho fue universalmente repudiado en su momento -ya sabemos como se ponen los usuarios de la red cuando se trata de condenar atentados contra la moral y las buenas costumbres-. En fin, cabe acotar que sobre Labarca y su polémica meada abrigo sentimientos encontrados, claro que aún no he podido determinar en qué punto se encuentran pues me resulta en extremo difícil conciliar una sana simpatía por el vandalismo con cierta noción del pudor medio pasada de moda.
Juicios aparte, lo que me parece inaudito es la benevolencia de los abogados de María Kodama: por menos -intercalar algunas docenas de palabras en el Aleph, citando un caso reciente- no han ahorrado toda clase de querellas y quilombos judiciales al ofensor.

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Tuesday

Pernil

Lo pasé bien leyendo Crónica de Dalkey, novela del irlandés Flann O'Brien publicada en español por Nórdica Libros. El libro aborda algunos temas centrales en la literatura de los últimos decenios como los amores difíciles, la relación entre el whiskey y las máquinas del tiempo y la errática sombra de escritor James Joyce. Claro que las reseñas nunca han sido lo mío; me interesa más bien compartir un pasaje clave en la estructura de la obra y que da pie a una grosera y encantadora errata.
Resumiendo el hilo argumental, digamos que Joyce, al que los periódicos habían dado por muerto hacía años, en realidad vive en la clandestinidad en un discreto balneario irlandés. Nos enteramos además de que ha perdido el juicio y decidido convertirse en cura jesuita para deshacer el -en su opinión- artificioso misterio de la Santísima Trinidad. Al efecto, se entrevista con un representante de la Compañía de Jesús para ser admitido en la orden. El padre en cuestión, sin entender claramente las intensiones del autor del Ulysses, vislumbra de buena fe la posibilidad de emplearlo en zurcir la ropa interior de los curas pues, explica, esta se haya en un estado de abandono generalizado dada la severa norma que les impide cohabitar con mujeres, mucho menos exhibir ante ellas sus prendas intimas. Hasta aquí no hay problemas. El caso es que el eclesiástico le asegura a Joyce que el Rector estará de acuerdo con su incorporación pues se preocupa mucho de, página 279, "(...) la
¡Qué sospecha más curiosa!¡Pernil de un jefe nada menos!
Ahora, no es que la anunciada nota 86 irradie claridad precisamente; en ella sólo se alcanza a leer: "Grandes almacenes. (N. de T.)".
Queda bien zanjado que Todd Burns era un símil irlandés de Johnson o La Polar, pero no se explica por ningún lado lo que pueda querer decir "pernil de un jefe". Es de suponer que a los de la editorial sencillamente se les pasó y en su lugar debió haber sido impresa la expresión "perfil de un jefe", burdo concepto que, si no me equivoco, proviene de la psicología laboral y nada tiene que ver con la apasionante anatomía del chancho.
Mañana a primera hora escribiré a Nórdica felicitándolos por su atinado descuido.

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