Friday

la micro de moebius

La mañana del primer día de lluvia de la temporada… mmm...si se puede llamar lluvia a unas cuantas gotas que parecieran sacadas de un tetera que se ha enfriado sola en la cocina a gas: es que de dónde vengo el verano no es más que las vacaciones que se toma el inverno por 15 días para recargar sus nubes sin contornos…pero como decía, la mañana del primer día de lluvias de la temporada, es decir ésta mañana, estaba en pie cuando aún no aclaraba del todo. Me tomé mi tiempo en el café revive-neuronas, en seleccionar la camisa más aceptable del canasto de la ropa sucia, en la higiene bucal…me refiero a que me tomé mi tiempo antes de salir a la calle y notar que el cielo estaba completamente gris y que llovía, o más bien lloviznaba. El pavimento olía a polvo de tiza. En la micro la gente parecía más callada y más pensativa que de costumbre, o tal vez siempre sea así a las 8 y 1/2ª de la mañana…qué se yo, tal vez tuviese algo que ver el color del cielo y la melancolía del acordeón que tocaba un tipo barbudo y despeinado, vestido a pesar de todo con un traje negro muy correcto. Tocó las cla-ss-icas volver, por una cabeza, valparaíso y además una extraña versión casi irreconocible de la chica de Ipanema (que fue la que más me gustó). Una vieja que iba vestida con un suéter celeste tejido a palillo que parecía de guagua, tejía a palillo -para aprovechar el viaje supongo-, un suéter celeste que parecía de guagua. Daba la impresión de estar tejiéndose a si misma (herself), de ser una suerte de metáfora de…mmm... no sé bien de qué… del paso del tiempo, pero no exactamente de eso... El hecho es que en ésta primera mañana etc., mientras iba en micro de camino a mis asuntos llegué a creer que la micro era una especie de nube gris andando por el cielo y que los pasajeros éramos gotas de lluvia que no caeríamos nunca;…en serio, entre el músico que tocaba las canciones alargándolas, improvisándolas, el cielo gris, los rostros pensativos, la vieja que se tejía a si misma, la novedad de levantarme tan temprano, sentía –sin ningún tipo de desesperación- como si mi viaje en micro no fuese a acabar nunca. Hasta que en el último paradero nos bajamos todos los pasajeros y, no es por ponerme misterioso ni nada, pero ahora que lo pienso no recuerdo haber visto bajar ni al músico ni a la vieja, lo que por lo demás no resulta muy extraño ya que al momento de poner el primer pié en la vereda mis pensamientos tomaron otros rumbos, rumbos peatonales.

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